sábado, 13 de julio de 2013

Realitats paral·leles, aplicables

Eren dos parlant... tan sols dos que es trobaren quasi intencionadament. Pretenien traçar trams idèntics però es traslladaven a ritme distint. A voltes, convivien en un mateix espai físic i temporal. Altres, jugaven a agafar-se recorreguent llocs que van resultar nous a l’inici... i monòtons i sistemàtics tot seguit de la primera passada coexistencial.


S’escoltà: “La fi marca la partida, i aquesta defineix la fi”. I hi contestaren: “La nostra paciència no és infinita; les nostres ganes de ser pacients, cícliques”. Enmig de tal diàleg, va aparèixer un tercer personatge que es va sumar a la conversa afegint: “Potser el nostre començament marque la nostra fi i la nostra fi, altre començament. Potser el meu amor per ella no siga infinit ni la meua paciència, constant. Done per segur que mentre espere la seua resposta  no us miraré agulles, però; el temps ja em passa prou lent com per a fixar-me’n.


Palabras de enamorados

Súbete a la noria de mi amor,
Y recita esto que está escrito:

Te quiero, como diría un amigo;
Te amo, como dirían los amantes.
Sin embargo, yo, te necesito conmigo;
En cada segundo, más fuerte que antes.

No quiero escribirte algo, porque jamás se haya escrito,
Ni dedicarte el verso más bonito, tampoco el más escaso.
Lo que te diga, que sea susurrado en tu oído,
Y tiernamente, arme guapa en tu regazo.
Con la calma y el alivio que expreso, al estar contigo
Para que me llene tu beso, y me resguarde con tu abrazo.

No deseo contarte sueños ni leyendas sobre estrellas,
Ni esperanzas de lo más tiernas y estremecedoras.
No quiero cantarte canciones bellas,
Ni regalarte las más dulces amapolas.

No quiero hacer ninguna de esas cosas, caballero;
Tampoco sorprenderte, con un texto perfecto, ni brillante
Porque si vivo es para quererte, y yo te quiero
Que eso es lo importante.
Más que la salud y el dinero.
Más que la misma vida, la muerte,
El pico de la luna y el sol entero.
A parte, sin nubes, tú eres el cielo; sin caminos, mi sendero.

Eso es lo bonito de quererme, que es el motivo de yo amarte.
Deseo verte, cuidarte con mi afecto, jamás subestimarte
Sentir tu aliento, dulce hombre, valeroso andante;
De largo viaje, compañero.

No habrá poema ni palabra, para expresarlo
Sólo así sabrás la fuerza, de lo que te hablo.

No sé cómo decir que eres la combustión de mi azufre.
Eres el viento que viene y calma,
Mi azul llama; sin ti, mi corazón sufre.

Eres silencio, que se oye en los hombres que amaron
Mi alma, déjame tu travieso beso,
Y lo devolveré dulce; tal cómo me lo prestaron.

Para mí, el amor es suculenta delicadeza.
Ojalá tú también me puedas amar,
Para que consigas saborearlo;
El sabor y vestimenta de la certeza
Al con pureza expresar
Lo muchísimo que te amo.

Y si te digo:
Una gota de agua, se precipita por la hoja de una rosa
Cada una que lloro cuando muero, al vivir.
En mi hoja y en mi alma; en mi alma y en mi prosa,
Al mojar tristeza, y tinta derretir
Ella no mancha, que decora
Mi palabra hermosa, de cuando cielo, estoy sin ti.

“Eres un sueño; por eso despierta estoy sin ti”
Sólo tengo tus labios y tu mira,
Que me incitan en la memoria
Y mi corazón con ira,
Que se desangra en otra lágrima sin victoria
Cuando me falta la vida,
Y yo muerta, sólo te puedo escribir.

Te quiero, cuidadoso pétalo empapado
Súbete a esta noria,
Porque mis tristezas forman parte de la historia...
Te amo, sólo tú me haces vivir.
Y sin ti, con o sin dolor ya, mi amado,
Sin ti, vida mía, sólo queda morir.
Subiremos y bajaremos, pero en cada altura, te daré un beso.
Más tierno que el sueño, más grande que el existir.
Más bonito que todo eso;
Te necesito ahora, y te prometo, que siempre será así.

Es sólo una de cientos de formas para decirte que te quiero a mi lado, siempre, y para siempre, contigo;  aquí.

miércoles, 12 de junio de 2013

El amor es para siempre y siempre es poco para amar


Me despierto y ya no pienso. Y ya ni quiero pensar. Es difícil basar tu vida en esperar. ¿Y que haces tú, cruel destello? Te paseas como alma furiosa por mis pasillos: volcando cuadros al azar, rompiendo lámparas sin parar. ¿Qué hice para merecer tu odio? Dime, ¿qué hice para que ya no quiera despertar?

Moriste. ¿Por qué me has de visitar? Ya te fuiste y me costó de aceptar ¿Por qué volviste? Deja de atormentar a quien en vida quizás pudiste amar.

domingo, 2 de junio de 2013

Yo

Estatura media, de cuerpo grueso. Cabello castaño por naturalidad, con actualmente diversas teñiduras pasadas por decoloración. Nacimiento del pelo en la frente mediante el pico de viuda. Tez pálida casi blanca. Ojos juntos y azules grisáceos. Marcada por los granos. Nariz prominente. Labios anchos y cortos. Dientes considerablemente blancos y con una mordida poco estable. Barbilla con un hoyo justo en medio. Cuello corto, cabeza grande. Hombros rectos, pechos generosos. Abdomen irregular. Trasero inmensamente voluminoso. Cintura estrecha, cadera ancha. Piernas largas y rellenas. Brazos grandes, muñecas minúsculas, manos medianas, uñas mordidas.


Buena chica



E
ntorné la puerta dejando curiosear mi ser perturbado, confuso, sediento de respuestas. Vi una mujer extendida, colocada de manera incomprensible sobre una cama de la casa. Recuerdo que quise acercarme, definir detalles hasta ese momento muy difusos y distantes. Yo tendría alrededor de cuatro años y mi increíble torpeza hacía que avanzara chocando mi cuerpo de la manera menos cuidadosa posible con todo aquello que se dispusiese en la habitación. Me puse muy nerviosa con temor a que aquella figura inmóvil despertara. Quizás me hubiera propinado un par de tortas y reprimendas por... invadir su intimidad –o demás cosas semblantes que puedan irritar a un adulto.
Ella estaba de espaldas a la puerta, completamente desnuda. Me llamó la atención su negro cabello, que decoraba la sábana con un hermoso contraste estampado. Como si estuviera extraído de las más bellas fotos profesionales, con los típicos tonos tristes y antiguos. Su pelo tenía un brillo especial, desvaneciente por momentos. Como la vida. Como hojas de árbol. Como los suspiros, la suave brisa o la luz del cielo.
Su melena recorría un fino y largo  trayecto, acabado en aves voraces de su mismo color, suspendidas en el aire a medida que su longitud aumentaba. Pues reprimía dureza, reflejaba crueldad y sin embargo transmitía un sentimiento apagado, derretido, consumido. Algo malo la abandonaba, y otro bueno la recorría, que a su vez su luz apagaba, y  su alma purificaba con algo de avaricia.
Después de tantas conclusiones cuales no pude llegar hasta hace bien poco, digamos que titubeé unos pasos más decididos, que no rápidos, para ver su rostro. Recuerdo vagamente su belleza, pero jamás podría llegar a olvidarla del todo. Su boca estaba entreabierta, dejando mostrar sus dientes. Algunos hilos de su larga cabellera se adentraban en ella. Sus ojos eran dos ventanas completamente expeditas, al igual que claros, y se encontraban infinitos, en algún lugar, muy lejano a dónde yo me encontraba.
–Un lugar frío –pensé; pues su tez gélida, sin apenas haberla probado con mis dedos, lo sugería a dos millas. Sus piernas estaban separadas, trazando caminos contrarios, senderos opuestos que recorrían distancia mientras se juntaban en un punto común. Tenía marcas de hemorragia en las extremidades inferiores y el cuello, como si algo los hubiera sujetado muy fuerte. También pude ver unas vendas en las muñecas. Los vendajes se habían tragado sus manos o bien las había cortado algo. O alguien. Toqué las mías, asegurándome de que a mis manos no las había tragado nada.
Dentro de mí no sentí pena, tampoco dolor, no se había roto ninguna infancia, ni la misma inocencia. Simplemente no comprendía aquello que veía, y miraba. Balanceé a aquella mujer con la punta de uno de mis pequeños dedos, no recuerdo cuál. Lo hice muy ligeramente, como si quisiera que despertara y que no lo hiciera a la vez. Tragué saliva y me senté en una esquina enfrentada a ese entorno silencioso y hostil. No lloré, tampoco abrí la boca ni un momento mostrando perplejidad, me seguí limitando a observarla desde la lejanía prudente, abrazando mis propias rodillas. Aferrando entre mis piernas mi pequeña muñequita de trapo... interrogando con mis ojos jóvenes su aún ida mirada desconocida. Porque eso era para mí. Una desconocida.
Mi indiferencia e inocencia jamás me dejaron saber que aquella mujer estaba muerta, y dudo mucho que entendiera siquiera qué significaba estarlo. Pues para mi padre, hombre de conceptos confusos, todo estaba dormido. Así pues aquella mujer también dormía. O eso dijo despreocupado y con asombro, mostrando su enorme ignorancia de porqué dormía desnuda, forzada y manca, en la cama de mamá.
Asentí y creí todo aquello que me contaba; aunque me hubiera dicho los disparates más absurdos posibles. Yo confiaba en mi padre.
Me tocó la cabeza con dureza y dijo, con aquella voz autoritaria y casi maquiavélica:

–Buena chica.


El calor de la muerte

    Siete de diciembre. El viento caminaba por las calles cual niño abandonado. Golpeaba cada puerta y ventana en busca de amor. Amor de alguien que también pasara aquel invierno en ausencia de compañía. Alguien como una tierna viejecita, esperada por una sombra paciente con guadaña detrás del sillón. Alguien como un hombre borracho, que maldijera enfurecido el sinsentido de su vida. Alguien como una embarazada muchacha, al pie de una calle, tapada por un níveo e insignificante pañuelo. Llorando. Muriendo.

    Alguien pasó por el lado de aquella muchacha, tambaleándose un poco, con la mirada perdida.
—     ¿Se encuentra bien?
            Silencio y sollozos. Pasó rato largo y la insistencia resurgió.

—     ¿Joven? ¿Se encuentra bien?

A medianoche

    Abrió los ojos y pudo ver a un hombre al pie de la cama, tocándole los pies.
Mordía sus dedos, los separaba cuidadosamente unos de los otros. A Jane se le pasaron muchas cosas por la cabeza, pero ninguna tuvo relación con aquella escena que presenciaba. Pasaron unos instantes y aquel hombre se percató de que ella ya no dormía. Entonces, se levantó de sopetón del suelo.
—Buenas noches señorita —dijo muy serenamente—, ¿Le importa que le lama los pies? Es una medianoche perfecta para hacerlo.
—En absoluto, me parece que la luna incita a hacerlo— remarcó Jane.
—En ese caso, me parece que seguiré haciéndolo con gusto. Pero antes... —caviló un instante— debe responder a mis “Buenas noches” puesto que sería de mala educación no hacerlo, ¿no cree?
—Tiene toda la razón del mundo, señor. Señor… usted, buenas noches.
—Eso está mucho mejor. Hoy en día, la gente se piensa que porque uno entre en casa ajena a lamer pies desconocidos, no es digno de respeto y educación.
—Ya ve en el mundo en el que vivimos. Pero usted siga, no se corte por mi cara de desagrado.
Jane intentó dormir sintiendo los lengüetazos arriba y abajo. Sin parar ni un instante.
De pronto, dejó de sentir el consquilleo que la perturbaba. Volvió a abrir los ojos. Y ahí estaba, el mismo hombre en una esquina, llorando desconsoladamente.
—Oh vaya... ¿Puedo ayudarle?
—No, no puede. Me siento perdido y solo. Nadie en su sano juicio quiere estar conmigo, y vengo a llorar a esta esquina.
— ¿No venía a lamerme los pies?
— ¿Qué dice? ¿Se le ha ido la olla, mujer? Digo que vengo a llorar, ¿Se lo escribo? —comenzó a berrear de nuevo, tan efusivamente como antes.
— ¿Qué sucede ahora?
—Olvidé que no sé escribir. Dudo incluso que sepa hablar.
—Pero, si está hablando.
—Eso lo dirá usted ¿Cómo pretende que haga caso de una chalada que pretendía que le lamiera los pies?
—Bueno… yo no lo pretendía. Pensé que usted quería hacerlo.
— ¿Por qué? ¿Tiene los pies de algún sabor en especial?
—No que yo sepa…
— ¿Entonces, porqué iba a querer lamérselos? ¿A qué saben?
—A pies supongo.
—No estoy muy seguro de que me guste ese sabor ¿Ha probado alguna vez un pie? No creo que me quitara la tristeza, aunque seguro que he probado cosas peores. Peores. Peores. Peores. Peores. Peores.
Jane despertó con un grito ensordecedor.
Había mezclado muchas cosas aquella noche, pero… ¿Tantas como para eso?
—Espero que haya sido un sueño —se dijo a sí misma mientras ojeaba sus pies—. De todos modos, me los desinfectaré por pura precaución.